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La GEOPOLÍTICA de los JUEGOS OLÍMPICOS

  • 22 abr 2016
  • 2 Min. de lectura

A lo largo de las distintas ediciones olímpicas celebradas en el siglo XX y XXI, el nacionalismo, las reclamaciones políticas, sociales y económicas, las enemistades entre países y hasta el terrorismo han hecho acto de presencia en el mayor evento deportivo que el mundo ha conocido jamás. A ello ha contribuido poderosamente la creciente mediatización de la competición, que ha convertido el evento en una ventana al mundo y ha permitido que en los tiempos recientes miles de millones de personas sigan las retransmisiones de los Juegos Olímpicos.

La primera edición de juegos olímpicos, celebrada en Atenas en 1898, ya contó con la infraestructura necesaria, la cual tuvo un respaldo económico considerable, especialmente de las élites helenas. Sin embargo, poco duraría ese espíritu olímpico que se pudo apreciar en la época.

Con el tiempo, el altruismo internacional-deportivo ha quedado secuestrado. En primer lugar por los estados participantes, que no dudan de utilizar la cita olímpica para canalizar sus políticas exteriores o económicas, haciendo de los Juegos una poderosa herramienta. Les siguen numerosas empresas, que se valen de la marca creada por los Juegos Olímpicos –y que ellos mismos fomentan de igual manera– para hacer negocio o mejorar su imagen. Cierra el círculo el Comité Olímpico Internacional (COI), que lejos de ser un ente desinteresado y fiel a las ideas de Coubertin, se deja querer por estados y empresas para hacer de los Juegos un evento espectacular y extremadamente rentable al mismo tiempo.

Esto, aunque suene triste, se sigue dando estos días y es que todo depende económicamente de los patrocinios y los derechos de retransmisión de las citas olímpicas, y los réditos de los mismos pesan poderosamente en sus decisiones. Por ejemplo, las televisiones estadounidenses presionan al COI para que las sedes estén situadas en una franja horaria aceptable para los telespectadores norteamericanos. Algo similar ocurre con las televisiones europeas. Así, los husos horarios y su relación con la cantidad de espectadores que pueden estar viendo en directo las pruebas es algo a tener en cuenta. Los Juegos en Asia no son recibidos con emoción en Estados Unidos y Europa por ese motivo. Cuatro o cinco horas de diferencia son aceptables, diez no. A estas presiones televisivas se les unen las de las empresas que ven una oportunidad en el evento deportivo. Constructoras, empresas de publicidad, de aparatos electrónicos, de bebidas o empresas financieras son algunos de los sectores que con más ahínco presionan para conseguir que la ciudad escogida sea la más acorde a sus intereses. El deporte hace mucho tiempo que dejó de ser exclusivamente deporte, y los Juegos Olímpicos, su máxima expresión, no iban a ser menos.


 
 
 

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